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La dura historia de Arantxa: 25 años, una enfermedad incurable y una vida de lucha constante

Dependiente al 100%, su familia afronta el día a día con tratamientos complejos y sin opciones de curación.

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La carbajoseña Arantxa durante la entrevista en el Prado de la Vega de Carbajosa | Luis Cotobal

Hay historias que no se cuentan desde los titulares ni desde los datos, sino desde la resistencia cotidiana.

La de Arantxa es una de ellas, una vida marcada desde el inicio por la enfermedad, por los hospitales y por una realidad que su familia ha tenido que aprender a asumir sin certezas, sin soluciones y con la única herramienta de seguir adelante cada día.

Arantxa nació el 25 de agosto del año 2000 en condiciones muy delicadas, siendo prematura y con apenas un kilo seiscientos gramos de peso, una situación que ya desde el primer momento anticipaba un camino complicado.

A esa fragilidad inicial se sumaron problemas cardíacos, una alteración genética cuyo origen aún hoy se desconoce, malformaciones en manos y pies y un retraso madurativo que condicionaría su desarrollo.

Aun así, su familia, como tantas otras en situaciones similares, aprendió a convivir con ese escenario, adaptando su vida a revisiones médicas constantes, consultas con especialistas y una rutina en la que los hospitales formaban parte del día a día.

Durante años, ese equilibrio, dentro de la dificultad, permitió avanzar. Sin embargo, todo cambió cuando Arantxa tenía ocho años y fue intervenida quirúrgicamente por una malformación en el pie.

Aquella operación, que en principio no revestía un riesgo extraordinario, se convirtió en un punto de inflexión inesperado.

Apenas dos horas después de entrar en quirófano, su familia recibió una llamada que lo cambiaría todo: la niña había sido trasladada a la UCI, estaba entubada y los médicos no sabían con exactitud qué había ocurrido.

A partir de ese momento, se desencadenó una carrera contrarreloj de pruebas, diagnósticos y decisiones urgentes que acabaron con su traslado al Hospital de La Paz, en Madrid, donde un equipo especializado en hipertensión pulmonar confirmó la gravedad de la situación.

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La carbajoseña Arantxa, junto a su familia, durante la entrevista en el Prado de la Vega de Carbajosa | Luis Cotobal

Un diagnóstico irreversible

El diagnóstico fue claro y devastador: Arantxa padecía una hipertensión pulmonar severa que afectaba de manera crítica a su sistema circulatorio, impidiendo que el oxígeno llegara correctamente a la parte inferior de su cuerpo.

La enfermedad había sido detectada demasiado tarde, lo que hacía inviable cualquier opción de trasplante, ni de corazón ni de pulmón, dejando como única vía posible la de los tratamientos paliativos para intentar mantener la estabilidad dentro de un cuadro irreversible.

Desde entonces, su vida ha estado completamente condicionada por esa enfermedad. Arantxa presenta hipoxia de forma constante, lo que se traduce en una coloración violácea en sus manos y otras partes del cuerpo, una fatiga permanente y una gran limitación para realizar cualquier esfuerzo físico.

Necesita oxígeno para dormir y su organismo responde únicamente dentro de unos márgenes muy estrechos, lo que obliga a un control continuo y a evitar cualquier situación que pueda desencadenar una crisis.

El tratamiento al que está sometida tampoco es sencillo. A través de una válvula implantada en su cuerpo recibe medicación de forma constante, un proceso que, según relata su madre, resulta especialmente duro en determinados momentos, ya que implica pinchazos dolorosos que provocan inflamaciones importantes y un sufrimiento evidente.

Es una rutina que se repite día tras día, sin descanso y sin una expectativa real de mejoría.

Dependencia total y cuidados constantes

A sus 25 años, Arantxa es completamente dependiente. Aunque puede caminar, necesita ayuda en prácticamente todos los aspectos de su vida diaria.

Su alimentación debe estar completamente adaptada, con todos los alimentos triturados para evitar riesgos de atragantamiento, y hasta el agua debe ingerirse con espesantes. Utiliza pañal y requiere una atención constante que condiciona por completo la vida familiar.

Esa dependencia absoluta ha llevado a su madre, Ana, a tomar una decisión que ha marcado también su propia vida: dejar su trabajo para dedicarse plenamente al cuidado de su hija. Una elección que no plantea como un sacrificio, sino como una convicción.

Desde entonces, su día a día gira en torno a Arantxa, a sus necesidades, a sus tratamientos y a la vigilancia constante que requiere una enfermedad que no da tregua.

La incertidumbre forma parte de esa rutina. Hay periodos en los que su estado es más estable, pero también momentos en los que cualquier infección puede complicarlo todo.

Las neumonías, por ejemplo, obligan a ingresos hospitalarios prolongados y a aislamiento, ya que su sistema no puede permitirse el más mínimo riesgo. Son episodios que se repiten y que vuelven a poner a prueba la resistencia de toda la familia.

Una vida sin cura, pero con una sonrisa

El seguimiento médico continúa en Madrid, actualmente en el Hospital Ramón y Cajal, donde el mismo equipo que la trató en La Paz sigue atendiendo su caso.

A pesar de su edad, continúa en el ámbito de pediatría debido a la especificidad y gravedad de su enfermedad, que no tiene cura a día de hoy y que tampoco le permite acceder a tratamientos experimentales.

Los medicamentos que necesita son específicos y de alto coste, sin que exista una alternativa que pueda cambiar el curso de la enfermedad.

En medio de este escenario, hay un elemento que se repite en el relato de su madre y que adquiere un peso especial: la actitud de Arantxa. A pesar de todo, mantiene una sonrisa constante, una forma de estar que contrasta con la dureza de su situación y que se convierte en el principal motor para seguir adelante.

La familia ha aprendido a vivir con lo que hay, sin mirar demasiado lejos, entendiendo que el futuro no se puede planificar en términos convencionales.

“Hasta que Dios quiera”, resume su madre, en una frase que condensa años de lucha, de adaptación y de aceptación.

Porque hay historias que no tienen final cerrado ni soluciones fáciles, pero que hablan de algo que va más allá de la enfermedad. Hablan de la capacidad de resistir, de cuidar y de seguir adelante incluso cuando el camino no ofrece certezas.

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