Cuando moverme cambia mi día. Diario de un niño.
Me llamo Fran y tengo 10 años. Los martes y los jueves son mis días favoritos porque toca Educación Física. Por la mañana, cuando suena el despertador, me pesan un poco los párpados, pero solo pensar en que hoy hay carrera de relevos en el cole se me pasa el sueño.
En clase de mates me cuesta a veces quedarme quieto. La profe dice que eso se llama “tener mucha energía”. Yo digo que mi cabeza va en bici aunque mi cuerpo esté sentado. Pero los días que hacemos Educación Física es distinto: después de correr y saltar, siento que mi cerebro se ordena, como cuando recolocas las piezas de un puzle. De repente, los problemas salen mejor y me distraigo menos. No sé explicar por qué, solo sé que funciona.
En el patio juego con mis amigos. Unos días al fútbol, otros a la comba o al “pilla-pilla”. A mí me encanta cuando nos inventamos circuitos con bancos y conos. El profe dice que así trabajamos la coordinación, el equilibrio y la fuerza, pero yo lo que noto es que mi corazón late más rápido y me entra la risa floja. A veces pierdo, a veces gano, siempre aprendo. Cuando me toca animar al que va detrás, siento que formo parte de algo, como si fuéramos un equipo de verdad.
Hace un año me cansaba mucho. Me dolían las piernas al subir escaleras y por la tarde quería sofá y tablet. Un día, decidí empezar a ir andando al colegio. Al principio me daba pereza, sobre todo en invierno con el frío, pero pronto me di cuenta de que ese paseo era “mi momento”: elegía la ruta, me ponía retos de tiempo o contaba cuántas bicis veía en el camino. Poco a poco noté que llegaba más despierto a clase y que me costaba menos moverme en el recreo. Además, me apunté a una actividad extraescolar deportiva dos tardes a la semana. Al principio pensé que sería cansado, pero pronto descubrí que me ayudaba a sentirme más fuerte, a hacer nuevos amigos y a aprender cosas distintas de las que vemos en el cole.
Un día, en Educación Física, hicimos una actividad con música. Teníamos que seguir ritmos con palos y palmas. Yo nunca me había fijado en que moverme también tenía que ver con escuchar. Cuando clavé el ritmo y mi equipo terminó a la vez, sentí algo dentro, como si mi cuerpo y mi cabeza se dieran la mano. La profe dijo que eso era “atención y coordinación”. Yo lo llamé “estar a tope”.
Ahora duermo mejor. Antes me costaba dormirme y daba vueltas como una croqueta. Desde que me muevo más, cierro los ojos y me quedo frito. También me enfado menos. Cuando tengo un mal día, salgo a botar el balón en el patio de casa o saltar a la comba, y cuando vuelvo a casa parece que las cosas pesan menos.
No soy científico, pero en el cole nos contaron que los niños deberíamos movernos al menos 60 minutos al día de forma que nos haga sudar un poco (correr, ir en bici, jugar…), y que tres días a la semana viene bien hacer cosas que fortalezcan músculos y huesos (saltar, trepar, juegos de fuerza con nuestro propio peso). Yo no llevo cronómetro, pero si sumo lo que ando, lo que juego en el patio, lo que hacemos en Educación Física y la actividad extraescolar, creo que llego. Y si algún día no, tampoco pasa nada: lo importante es intentarlo mañana.
También he aprendido que moverse no es solo deporte. A mi amiga Lucía le encanta la orientación con mapas, y mi compañero Dani disfruta muchísimo con el baile. A mí me encanta hacer de todo. Cada uno tiene su manera. Lo bonito es que todas valen. Cuando alguien de mi clase encuentra “su” actividad, se le ilumina la cara. Y cuando se te ilumina la cara, todo lo demás sale mejor.
Hay algo más que me gusta: moverme con los mayores. Los sábados, mis abuelos y yo damos un paseo largo. Ellos dicen que así cuidan su corazón. A mitad de camino paramos a beber agua y a veces hacemos unas sentadillas juntos (sentándonos en un banco y volviéndonos a levantar). Me gusta pensar que el ejercicio es un puente entre nosotros: ellos me cuentan cosas, yo les enseño mis trucos, y llegamos a casa con las mejillas rojas y con hambre.
Si pudiera pedir algo para el cole, pediría que nunca nos faltara la Educación Física. No es solo correr detrás de un balón: es aprender a conocer mi cuerpo, a respetar a los demás, a esperar mi turno y a levantarme cuando me caigo. Es descubrir que soy capaz de más de lo que pensaba. Es, de alguna forma, aprender a vivir.
Cuando termino el día, marco en mi cabeza un “check” invisible: hoy me moví, hoy reí, hoy aprendí. Y si a veces se me olvida, el martes me lo recuerda el timbre del gimnasio: “¡Fran, a jugar que también es estudiar!”