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Cuando la información ya no llega, irrumpe

Han democratizado la información, han dado voz a quien no la tenía y nos han conectado como nunca.

Dentro del Scroll Infinito de las redes sociales me topé con una de las reflexiones de Angélica Cifuentes (@neaparchese) que, en palabras textuales, dice: “Ir sin afán es un privilegio en esta época. Las llamadas largas nos incomodan y los audios largos los ignoramos. Antes tomábamos un café mirando al cielo, ahora lo tomamos viendo una pantalla. Comemos con el celular en la mano sin disfrutar ni saborear la comida. Escuchamos todo en 2x y leemos por encima para “no perder tanto tiempo” nos estamos perdiendo de los detalles de la vida por ir con afán todo el tiempo”. 

Comemos rápido, leemos rápido, opinamos rápido. Deslizamos. Pasamos. Seguimos. La información ya no llega: irrumpe. Y nosotros encantados, consumimos el contenido como quien pica algo entre horas sin tener hambre. En las redes sociales todo ocurre a la vez y todo dura muy poco. Quizá por eso cada vez nos cuesta más quedarnos quietos, atentos, presentes.

Hace no mucho, sentarse a comer implicaba una pausa. La televisión estaba encendida, sí, pero había algo casi ritual en ver Los Simpson mientras se compartía mesa y conversaciones del día. Un episodio duraba lo que tenía que durar, y si te perdías un comentario resonado de Homer, te lo perdías. Hoy la escena es otra: el móvil apoyado junto al plato y el pulgar entrenado para deslizar. A veces incluso conviven ambos escenarios a la vez, como si el silencio fuese algo que hay que rellenar urgentemente.

Las redes sociales han acelerado nuestra forma de informarnos, pero también de estar en el mundo. Todo es inmediato, fragmentado, espontáneo. No hay contexto, no hay espera. Una noticia se mezcla con un baile, una tragedia con un anuncio, una opinión con un meme. Y antes de poder procesarlo, ya estamos en el siguiente vídeo. El algoritmo no entiende de digestiones lentas, solo de visualizaciones.

Esta lógica de consumo rápido empieza a pasarnos factura. Mantener la atención durante un tiempo prolongado se vuelve un reto. Leer un artículo completo, ver una película sin mirar el móvil, escuchar sin pensar en la siguiente notificación. Nos impacienta lo que no se resuelve en treinta segundos. Confundimos estar informados con haber visto mucho, aunque hayamos entendido poco.

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Cuando la información ya no llega, irrumpe

No se trata de demonizar las redes sociales. Han democratizado la información, han dado voz a quien no la tenía y nos han conectado como nunca. Pero también nos han acostumbrado a una espontaneidad constante y obligada, a reaccionar antes que reflexionar. A opinar antes que comprender. A pasar página antes de terminar el párrafo. 

Esclavos del aquí y el ahora. Sin capacidad ni ganas para esperar. Donde sentarse a pensar, organizar y crear queda reservado para unos pocos. Utilizamos el envío urgente porque lo que no sabíamos que necesitábamos pero lo tiene un usuario desconocido de internet, resulta que lo necesitamos para ahora.

Quizá el problema no sea la velocidad, sino que hemos olvidado cuándo frenar. Tal vez deberíamos volver a permitirnos comer sin pantallas, informarnos sin prisas, aburrirnos un poco. Tal vez la clave no esté únicamente en las prohibiciones, sino en la educación digital, para los jóvenes y no tan jóvenes.

Porque si seguimos deslizando sin parar, corremos el riesgo de no quedarnos con nada. Ni siquiera con nosotros mismos.

Quizás todo esto baste con una prueba sencilla: revisar el historial de TikTok y observar, además de la absurda cantidad, cómo apenas recordaremos haber visto la gran mayoría.

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